Comencé relacionándome con el mundo de la informática hace ya muchos años. Tras mis primeros titubeos con los Spectrum y los Amstrad tuve acceso (en mi primer año de carrera) a uno de los primeros PC que llegaron al mundo universitario madrileño. Era un armatoste solitario, capaz de relacionarse con el mundo tan sólo a través de un monitor de fósforo verde y un teclado.
Pero transcurrió el tiempo y conocí los módem y con ellos el mundo de los BBS, los IRC y los e-mail, un mundo que me permitía conectarme con una comunidad mundial de la que hasta entonces apenas sabía nada y --lo más triste de todo-- vivía perfectamente sin necesitarme.
Las cosas evolucionaron e Internet se hizo popular, primero a través de los proveedores de contenido y, más adelante, con la explosión de las redes sociales. Para entonces yo me había sumergido en el mundo de GNU-Linux, las firmas digitales (¡cuánto tengo que agradecer al viejo Phil Zimmermann!) y la criptografía y, guiado por mis maestros en la distancia (Arturo Quirantes y su maravilloso y añorado Taller de Criptografía, Javier Almeida y su continua preocupación por los derechos de los internautas o toda la comunidad de Kriptópolis, por ejemplo), empecé a comprender que las comunicaciones eran vulnerables, muy vulnerables.
Decidí refugiarme en una concha, retraerme y desaparecer de las redes. Si me tenía que registrar en una página web lo hacía siempre con seudónimo y con cuentas de correo de usar y tirar. Renuncié a los blogs (sólo los he retomado por motivos académicos o por cursos como el que estoy empeñado en estos días --el uso seguro de las TIC--) y me resistí durante muchos años a hacerme una cuenta de Twitter --me di de alta en diciembre de 2012-- y de Facebook --cedí dos años más tarde aún--.
¿La consecuencia? Durante mucho tiempo fui prácticamente inexistente en las redes: ¡no tenía identidad digital!
Bueno, podría haber seguido así durante mucho tiempo, pero internet es implacable. Como yo no hablaba de mí otros se ocupaban de esa tarea, otros iban construyendo mi identidad en las redes. El resultado --que aún sufro hoy en día-- es que digitalmente yo soy quien otros han decidido que sea. Si alguien quiere saber de mí (¿quién sabe? Tal vez a la vuelta de la esquina --digital, por supuesto-- me espera la oportunidad de mi vida), conocerá lo que los demás han visto y en cantidad bastante escasa, por otro lado.
Ahora me doy cuenta que, sin duda, es importante cuidar la imagen digital que uno tiene y que esto pasa por cuidar los datos personales que se comunican por las redes. Pero también es importante transmitir esos datos. No nos engañemos: si no somos nosotros, otros crearán nuestra identidad digital a su gusto y no al nuestro.
Estemos atentos, construyamos nuestra imagen en internet con inteligencia y evitando que sean otros quienes lo hagan en nuestro lugar. Porque en el mundo actual el juicio que los demás se hacen sobre nosotros nace cada vez más de lo que se encuentra en las redes. Nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo, alumnos, conocidos y desconocidos tienen a su alcance una forma nueva de vernos. Hagamos que sea la que deseamos nosotros.